6 de marzo de 2012

Veinte años más y mucho más que veinte años.

Una cree que lo tenía todo planeado, ordenado y ensamblado. Hasta que un viento sopla fuerte y te vuela todas las fichas del Juego de la Vida.
Un día como cualquiera, te despertás y descubrís que todo lo que siempre hiciste fácil y mecánicamente, te resulta algo así, como patinar en rollers sobre la arena. Así lo sentí yo.
Una noche me abrazó la angustia, la taquicardia, el insomnio, la amargura, el desgano físico y emocional y finalmente, la depresión. Ya no era la veinteañera que tenía todo por delante, sino por el contrario, era aquella veinteañera que lo había dejado todo atrás. Para muchas cosas ya era tarde y para otras era el momento justo de largar los guantes y empezar de nuevo.

Cuando semejante crisis te sacude como un tornado, todo a tu alrededor sucumbe inevitable y precipitadamente. Si hay algo que te sostiene durante ese lapsus de quietud y letargo, es tu núcleo familiar. Los que te ven diariamente cuando te despertás y te moves lento golpeándote la cabeza por las paredes sin saber la razón, y solo tratando de entender que rayos le paso a esa persona que solías ser hasta unos días nomas. Tu pareja, tus hijos, tu perro y todos los espejos de tu casa, te hablan sin piedad. Te padecen sin comprender que es lo que te angustia, porque no existe nada aparente que lo justifique. Tienes salud, trabajo, una casa, dos autos, una familia hermosa y vivís en un barrio divino con pinos, pájaros y sin stress. Pero sucede que no todo lo aparente es causa de felicidad…sin subestimarlo claro, pero a veces las penas provienen de lugares muy oscuros que se conectan con lo más íntimo de la femineidad y la razón de ser de cada una.
Después siguen tus compañeros de trabajo que te soportaron cotidianamente con tus achaques físicos (porque el cuerpo habla cuando la pena aprisiona…) hasta el día que colapsas y no volvés...
También están tus amigos que te bancan siempre. Los que tratan de adivinar tus penas desde el amor que te tienen, cuando ni una sabe bien todavía que le pasa. El cariño y la historia que sustentan el vínculo son mucho y ayudan más. Y también están los otros… esos que no son amigos ni enemigos pero que están, que te miran raro, que hablan demás,  que opinan por deporte y se creen con derechos a interpretar tu crisis  y no saben bien ni quien sos, ni que sentís, porque nunca se interesaron. En fin, eso forma parte de la crisis también. Dentro del combo, viene el abandonar a esas personas que no suman, que juzgan sin saber tu dolor y que no manifiestan deseos en conocerte mejor ni ayudarte. Pero tambien aparecen manos que te levantan. Nuevas y sinceras, a las que si se puede, se les debe dar una oportunidad.

Y ahí comienza una nueva etapa de superación. Una experiencia de compresión interna que sabemos donde empezó, pero ni siquiera intuimos donde terminará. Y en el camino se gana y se pierde de todo. Gente, cosas, sentimientos y sueños mágicos.  Solo una sabe que le provoca esa congoja. Y es solo una, la que puede entrar en esa dimensión desconocida y explorarla para desatar los nudos que bloquean la energía que nos mantenía de pie. Y si; es así. El dia menos pensado cualquiera, hasta la más fuerte, puede caer.

Las mujeres somos como rocas. Siempre vamos para adelante. Soportamos el dolor físico como nadie, nos sacrificamos en el nombre del amor hasta que duele el alma, pero somos felices. Esa es nuestra naturaleza. Somos madres trabajadoras (casi todas…) y aprendemos con el tiempo a manejar las culpas como malabaristas profesionales. Somos felices a pesar de todos los enormes sacrificios que realizamos, porque siempre nos enseñaron que la vida se trataba de eso y así lo mamamos desde la cuna. Unas más que otras imitamos a nuestra figura maternal y otras intentamos no hacer espejo con esa imagen materna que adquirimos, porque resolvimos hacer exactamente lo contrario, vaya  a saber porque razón...
Sea el motivo que sea, todas somos mujeres igual y todas lidiamos con lo mismo.
Con la llegada de mis cuarenta sentí  que me encontraba parada en la punta del Aconcagua mirando para adelante y para atrás repetitivamente. Hacia atrás quedaba todo lo vivido: el deseo de ser mujer, el desarrollo profesional, los amoríos varios, la sexualidad, los viajes, los descubrimientos, las experiencias como un ser pre adulto, el trabajo y el desarrollo económico, la familia, el techo propio, la independencia de los padres, la maternidad, la sexualidad después de la maternidad, las amigas, las muertes, las enfermedades, los vacíos, los miedos, los logros, los aciertos y los desaciertos y la educación de los hijos como reto inexorable del destino. El pasado me abrió todo eso…

Pero al mirar hacia adelante encontré que ya no era una nena repleta de sueños porque ahora me había convertido en una mujer con una vida armada. Me sentí una de veinte, pero en un cuerpo de cuarenta… “Se supone que de ahora en más una disfruta lo que supo conseguir”- me dije a mi misma. Pero…¿que pasa si lo que conseguimos no era tal cual lo habíamos soñado??? ¿Que pasa si al mirar hacia adelante se nos ocurre, por alguna extraña razón del corazón, cambiar alguna ficha??? Ay, ay, ay….. Ahí esta el kit de la cuestión.
Creo que allí  empezó mi crisis… y no es que la vida que llevaba no me gustara. No , no, no. Simplemente miré para adelante -como cuando tenía 20- y me desafié a cambiar algo.¿ Acaso a los 20 se puede y a los 40 no?. Pareciera que socialmente resulta casi inadmisible querer hacer algún cambio cuando todo funciona sin problemas. Y mucho menos a los 40.
Es verdad. El  riesgo es mucho mayor porque ya no se trata de aventurarse sola en lo desconocido sin mayores peligros que equivocarse y hacerlo de nuevo. Ahora una tiene una mochila cargada de cosas que le pesan… y obviamente, el tropiezo puede ser fatal. Ya nos calza perfecto la etiqueta de “Mujer Adulta” y por ende, cada decisión de fondo, conlleva un posible temblor y  todas sus consecuencias. Tan así es que, personalmente, me traspasó un miedo desmedido y me paralicé. Me debatí algunos puntos sueltos…y zas! Todo colapsó,  me petrifiqué por las dudas y se me aprisionó el pecho hasta nuevo aviso.
Finalmente había llegado el momento de disfrutar…acaso eso ¿se enseña en algún lugar? Toda la vida nos la pasamos trabajando para poder gozar de los frutos del sacrificio y las obligaciones, y cuando llega el momento…no es tan simple estar en el “ahora” y ser presente. Por lo menos a mi, me costó horrores y eso me invalidó.
De niños nos enseñan a jugar y disfrutar, a no preocuparnos por nada más. En el colegio nos enseñan de todo, desde leer y escribir hasta el hecho de aceptar  las responsabilidades y obligaciones. Y así vamos armando una vida…y nos olvidamos del juego y el placer… por lo menos en mi caso quedó atrás…con el jardín de infantes. Y lo extraño de todo esto, es que al ser madre uno revive ese espíritu libre en sus hijos, esa inocencia se vuelve propia nuevamente, el juego, el entretenimiento y el placer se acercan y se instalan fuertemente. En mi caso, fue tan movilizador, que acá estoy. Junto a mi hija regresé a la infancia. Volví a ser hija. Aprendí a jugar y reencontré  una faceta mía tan presente como intacta. Allí estaba yo, como una niña más…
Pero el contraste se va haciendo cada vez más fuerte entre un rol y el otro.
En fin, la crisis abarca todo. Hoy, a casi 2 meses de esta tormenta fenomenal, estoy de pie. Investigando que puedo modificar para seguir imaginando un futuro con sueños como los que tenia a los 20 años. Hurgando dentro de la mochila para sacar algún peso innecesario. Sufriendo mucho pero con dignidad. Asumiendo que todos tenemos derecho a estar mal, aún estando bien en apariencias, porque todos somos humanos. Sigo enfrentando al pasado que se hizo presente inevitablemente y lucho por salir fortalecida de este período de mi vida que seguramente, pasará.


Acá le pongo palabras y me escucho al leerlas porque es sanador y maravilloso.
Todavía sigo evaluando que dirección le daré a mis pasos desde la cima de la montaña en la que me encuentro, pero lo importante es que van reapareciendo las ganas de caminar. Más adelante veré si es la arena la que molesta o los rollers, aún no he llegado a esa etapa. Pero lo importante es que hoy… me siento mucho mejor.