16 de agosto de 2011

Mujeres y Madres Unicas


El otro día miraba un programa de televisión sobre la mujer que hablaba del embarazo y se llamaba: ”9 meses y algo más”.- Que título acertado -pensé.- Sobre todo por lo de: “algo más”...-.

Lo interesante del caso era que explicaba muy bien, como a la mujer le toca asumir la maternidad casi como un mandato socialmente impuesto, por el simple y tan mágico hecho de ser Mujer.
Mujer = Maternidad. 
¡Pavada de ecuación!
Toda la temática giraba alrededor de aquellas mujeres que, asumiendo su género, no eligen desarrollar su rol maternal, y gozan su femeneidad teniendo una vida feliz y completa, más allá de la procreación.
Realmente me sentí identificada. No por el sentimiento, sino más bien por la sensación de pertenecer a un segmento diferenciado del resto. El de ser madre de un solo hijo o de “hijos únicos”, como suelen llamarlos.
Mi situación podría encuadrarse dentro de esas madres que, después de atravesar la maravillosa experiencia de la maternidad, deciden tener un solo hijo con convicción y decisión.
Convengamos que no es muy común toparse con madres que tiran la toalla después del primer round, pero de vez en cuando te cruzas con alguna que te hace compañía.
Si bien la gran mayoría de las mujeres se aventuran a formar familias de dos o más hijos, también existen las que, por las razones que sean, desistimos y nos encauzamos en el hecho fortuito de convertirnos en madres de un solo hijo.
Si bien es algo normal - PORQUE LO ES-, pareciera que a muchos les molestara la idea de que una mujer no cumpla con “otro” mandato socialmente instalado.
A veces, intencionalmente o no, la gente te hace sentir que la decisión de no darle hermanos al “pobre hijo único”, se convierte casi en un acto de puro egoísmo y comodidad absoluta.
Todo esto lo he sentido...
Si al menos de vez en cuando pudiéramos ponernos en el lugar del otro, entenderíamos que todos somos incomparables y que juzgarnos resulta absurdo.
Pero frecuentemente, el otro ni se imagina que a veces resolver ser madre de un solo hijo (aun pudiendo tenerlos) resulta tan o más difícil como decidir ser madre por primera vez. Y aclaro esto, porque he padecido casi como propio, el sufrimiento de mujeres que, aún pudiendo dar todo lo que tienen a su alcance por ser madres, no logran concebir hijos.

Cuando una es apenas una adolescente, sueña con casarse y tener hijos. Espera el príncipe azul y el amor de su vida. Fantasea con el vestido de novia, la fiesta y la iglesia...
Bueno, ese no fue precisamente mi caso. Siempre me alejé de lo convencional. Vaya a saber uno por que...
Cuando llegó la adolescencia, no me imaginaba ni casada, ni con hijos, ni con vestido de novia y mucho menos con una ceremonia religiosa. Pero sí creía firmemente en el amor. En esa sensación de vivir y verse reflejada en los ojos del otro. Seguía esperando el amor eterno y la felicidad completa. Ya en camino a ser una mujer adulta -o al menos, intentar serlo-, empecé mi vida amorosa con rumbos al incierto futuro, sin saber de que se trataba ninguna de las dos cosas.
Pero causalmente, la vida te va llevando, encaminando, mareando, golpeando, volteando, levantando y ordenando. Y repentinamente el amor te llega, te impregna, te abraza fuerte y te anima a todo lo demás.
Y de pronto, así como un día llueve, un día también la maternidad se despertó en mí.
Finalmente, me vi siendo mamá. Literalmente tuve un sueño en el que estaba de espaldas al mar con una nena en brazos y al mirar su carita, era yo de bebé. Lo anecdótico de todo esto fue que, al convertirme en mamá y ver el rostro de mi hija, recordé que era igual a la nena de aquel sueño.
Mucho tiempo después y varios años de terapia mediante, me ayudaron a descifrar que ese sueño que sentí tan real, efectivamente fue una señal.

Por eso creo que la maternidad definitivamente se trata de 9 meses y algo más, pero en una persona como yo, la maternidad significó 9 meses y...un Mundo Nuevo.
Fue renacer con mi hija. El día que nos conocimos, me encontré siendo otra y supe profundamente, que nada volvería a ser igual. El ser su mamá me había atravesado al medio como un rayo. Me había reinventado.
Obviamente, nada resultó ser como lo había imaginado ni leído en las revistas. Todo fue nuevo y vertiginoso, pero a la vez, gratificante, emotivo y sumamente profundo. 
Súbitamente comprendí de que se trataba la vida y todo se me puso de cabeza.
Ser madre me enseñó sobre el verdadero significado de las palabras: resignación, dedicación, sacrificio y amor. Hallé una vida de entrega al otro, más allá de mi misma y me rendí ante una misión amorosa y placentera para toda la vida.
Comencé a transitar el amor maternal como un viaje increíble y desgarrador, y esa frase “Amar sin recibir nada a cambio”, caló un enorme efecto en mí. Ser madre me representó un acto de amor pleno, sin ningún tipo de cuestionamientos.
Y así, llegó a mi vida ese amor en estado puro con el que siempre soñaba cuando era chica. Esa inmensa sensación de estar completa, finalmente. De tenerlo todo...
Mi deseo de maternidad quedó pleno y allí me detuve a disfrutar el estado de felicidad que tanto había anhelado.
Claro que no fue fácil. Me costó discernir y romper con ese mandato social que sonaba todo el tiempo en mi cabeza. Fue muy confuso el sentimiento durante un tiempo, pero después logré separar las emociones de los pensamientos y poco a poco, pude evaporar el conflicto.
Lo más duro vino después con la mirada de los otros. Es raro decirlo, pero fue así.
A veces uno toma una decisión con mucho esfuerzo y reflexión, pero cuando abre la puerta de su casa, le toca lo más complejo. Socialmente no estamos preparados para escuchar convicciones fuertes y menos aún, si se corren del camino por el que se mueve la mayoría. Pareciera que algo en nosotras funcionara mal.
Al principio las personas no se animan a profundizar demasiado en el tema por temor a que haya algún problema de fertilidad, pero cuando entienden que es una elección, se animan a opinar abiertamente sobre lo negativo y nocivo que es ser un hijo único. Hablan sobre el hecho de dejarlo “solo en la vida” cuando nos toque la vejez y aseguran que será un reproche de por vida. !? (¿No será mucho?)
Debo admitir que tantas versiones sobre lo mismo me preocuparon bastante. Las culpas -más ajenas que propias- y los variados cuestionamientos internos, lograron angustiarme. Pero en definitiva supe y sentí profundamente, que nada de malo tenía tomar una decisión en mi vida, porque la mía era una decisión basada en el amor. Ni en el egoísmo ni en la comodidad. Se trataba de una decisión más, como tantas otras que tomamos todos los días.
¿Por qué era tan malo lo que había decidido? ¿Estaba haciendo algo mal?
Obviamente deduje que no. Lamentablemente, los seres humanos hablamos, opinamos, encasillamos y rotulamos. Y la verdad es que somos así...
Yo tengo una hermana a la que amo profundamente, por lo tanto sé lo que representa el vínculo de sangre, la unión, la compañía y el sentido de familia que brindan. Sin embargo, ser fiel a lo que siento esta por sobre todas las cosas, porque de eso se trata la vida para mí. Y honestamente quiero poder trasmitírselo a mi hija en actos y palabras a lo largo de su vida.
Si algún día me cuestiona esta decisión, me sentaré a explicárselo sin vueltas ni dudas. Segura, clara y sincera desde el amor que nos une.
Le contaré que ella llegó a mi vida para hacerme inmensamente dichosa y que yo, no necesité nada más. Que me convirtió en su mamá para siempre y que eso me hizo muy feliz.
Completa y plenamente feliz... y no lo cambiaría por nada de este mundo.

Porque finalmente, seamos Mujeres o Madres, lo que cuenta en este viaje tan maravilloso, es poder transitar la vida siendo fiel a UNA MISMA.



20 de julio de 2011

LA GASTRITIS DEL ALMA

Tengo un dolor en el pecho hace unos días y no se bien que es. Angustia dicen, gastritis aducen otros, dolor muscular y mala postura cree la mayoría. Lo real, es que apareció de pronto y no se va. Casual o mejor dicho, causalmente coincide con que mi hija de 6 años esta cursando períodos de llanto repentino en su primer año de colegio primario.
Cuando decidí ser madre, hace casi ya 7 años, realmente pensaba que la parte mas difícil de la maternidad sería el comienzo con todo el tema de cambiar pañales, no dormir, dar la teta con toooodoooo lo que eso implica, bañarlos y que no se te caigan o se quemen o congelen, las primeras vacunas, el reflujo fisiologico y etc etc etc. Pero al parecer, no era asíi...
Con el correr de los años descubrí que la maternidad es una tarea a largo plazo, pero muy a largo plazo...interminable diría. Y como siempre estuve convencida: viene sin manuales ni instrucciones más que el propio instinto, cuando logramos oirlo.

Mi hija esta atravesando un período de angustia que deviene en llanto. En un principio comenzó en colegio, pero sospecho que irá abarcando otros aspectos de su vida social, ya que es algo evoluptivo y propio de la edad (o al menos eso me dicen...).
Pero; ¿quién me saca a mi de este estado de frustración maternal e incertidumbre frente a lo desconocido que me acecha desde hace unos días?. ¿ Quién me puede decir con certeza que se trata de una etapa por la que ella transita y no es otra cosa?
Yo quiero respuestas. ¡Las necesito!
Mi hija llora angustiada y yo tambien lloro por dentro.

Al principio, intentas hacer catarsis con otras madres conocidas, pero siempre estan esas que se creen  “ LAS madres” y te dicen superadísimas: -¿pero por qué llora la nena????-.
Si lo supiera no lo estaría compartiendo con vos para saber tu opinión. ¡¡¡¡No lo se!!!!. Simplemente no lo sé, ¿ok?.
Tambien estan esas desubicadas que se acercan a consolarla creyendo que tienen la cura a todos los males y eso resulta peor, porque le hacen mil preguntas incómodas mientras yo me siento miserable por haber abierto la boca en un acto desesperado por busca de empatía.

La realidad es que una como madre quisiera tener todas las soluciones para su hijo, pero no es así. Con el tiempo y la experiencia se van aprendiendo varias cosas, por ejemplo, que si tiene fiebre le das Ibupirac, que si se golpea le pones árnica o que si le duele la panza le haces masajitos y se le pasa. Pero si se angustia y llora, y ni siquiera ella sabe que le pasa; ¿qué se hace? ¿cómo lográs calmarla o hacer que esa sensación desaparezca?
Estos son los casos en los que, al menos yo, no puedo evitar sentirme poca madre, o, lo que suena aún más degradante todavia: una mala madre.
Muy en nuestro interior desearíamos que los hijos no sufrieran nunca, pero la verdad es que la vida es un camino difícil y evolucionar es parte de ella. Ver crecer a un hijo es hermoso y doloroso, complicado y gratificante.

La otra noche estabamos en la cama acostadas y le pregunté por que lloraba en el colegio.
-Mami, ni yo se lo que me pasa. Me dan ganas de llorar y lloro.- me dijo.
Que simple y natural, pensé.  Si los adultos hiciéramos eso cada vez que algo nos frustra o enoja, que fácil sería y cuantas enfermedades nos ahorraríamos. Pero lo concreto es que no se puede ir por la vida llorando a cada rato. Cada persona es un mundo complicado de emociones y asi, cada cual sale a caminar por esta jungla tratando de defenderse como puede con lo que tiene a mano. Emocionalmente hablando no...

-Te pasó algo en el colegio- le pregunté.- ¿las chicas te tratan mal, alguien te hizo algo feo que te da miedo?.-
-No mami. No me pasa nada. Me da angustia y me sale llorar. Me siento sola cuando se va la maestra del aula, no me gusta que nos deje solitos.- confesó.

En ese momento entendí que todo lo que le pasaba era puramente emocional e intimamente relacionado con su autoestima y el entorno. Mamá no está con ella en esos momentos de debilidad y ella no encuentra como consolarse solita. Despues, cuando se olvida de lo que le esta pasando, la sensación desaparece y todo pasa.
¿Qué es?  ¿Qué le pasa? ¿A qué cosas le temía yo a su edad?


Traté de recordarme en mis 7 años y evocar mis primeras experiencias escolares, pero fue inútil. De todos modos, pensé: “la manzana no cae muy lejos del árbol”. Los hijos nos reflejan, nos iluminan y nos confrontan con nuestras raíces, inevitablemente.
La infancia es mágica y fugaz. Y es justamente mientras ella transcurre donde debemos prestar toda nuestra atención, porque los niños dicen sin pensar y hablan sin filtros. Nos dan señales constantemente. Son como juegos artificiales de muchos colores mostrándonos la dirección que debemos tomar. Hay que escucharlos sin subestimarlos, preguntarles sin temores, hablarles de lo que ellos quieran y jugarles siempre, porque es a través de lo lúdico por donde se dibuja la personalildad de cada uno.
Yo lo digo mientras lo escribo, porque así lo pienso. Que no es lo mismo que hacerlo...
Pero lo intento diariamente con fuerza y convicción. A pesar del viento que  despeina mis ideas de vez en cuando y por sobre la rutina que aplana cualquier buena intención por estos días que corren. Pero le doy batalla...porque se muy bien que la tarea de la maternidad no da tregua.
Porque soy Madre, sí... pero soy tambien Mujer y por sobre todo, soy Humana.

12 de junio de 2011

Mama, te puedo hacer una pregunta?

Cuando uno se embarca en la tarea de ser madre, no sabe bien que le depara el destino. Yo la describiría como una aventura diaria. El pack de la maternidad no incluye un manual de instrucciones o un GPS para los momentos difíciles. Solo nos guía la intuición y los recuerdos de nuestra propia infancia.
Mi hija de casi 7 años siempre mostró ser algo sensible y curiosa, comparada con el resto de las niñas de su edad. Sus preguntas divertidas y originales siempre me mantuvieron atenta. Pero el comienzo del ciclo primario marcó un cambio profundo en su manera de pensar y razonar, despertando su interés por todo lo que la rodea.
Las otras noches, mientras intentábamos dormir, -tarea que no es nada fácil cuando los chicos solo quieren seguir jugando a pesar de todo- me lanzó la pregunta menos esperada:
¿Mamá, te puedo hacer una pregunta?-
-Si, decime mi amor.-
-¿Qué es la comunión?-
Evidentemente lo había escuchado en algún lado. y recordé que los otros días una vecinita le había contado que su prima más grande festejaba su comunión. Yo, tratando de hacer memoria y entender que podía contestarle, descubrí que no podía explicárselo como un hecho aislado. Entonces, intentando ser fiel a mi misma y apelando a su comprensión, le prometí que buscaría bien la información y le daría una respuesta otro día porque ya era hora de dormir. Ella, que suele ser insistente y obsesiva, accedió sorpresivamente. Actitud que dejó en evidencia su crecimiento y evolución. Me entendió, y eso no fué poca cosa.
Pasaron 5 días aproximadamente y volvió al ataque.
Una tardecita estábamos pintando antes de preparar la cena, me miró y me dijo:
- ¿Mamá, te acordas que el otro día me dijiste que me ibas a explicar que es la comunión?-. Así de la nada, inexplicablemente y de una forma natural, como quien pregunta que hora es. Así son los niños. Impredecibles e impulsivos. Honestos  y sinceros.
Todo me dió a entender que era el momento. Tenía que contestarle algo concreto. No había buscado nada en internet, ni planeado ningún cuentito didáctico o pedagógico, pero sus ojos me pedían confianza. En unos minutos, intenté buscar dentro de mi disco rígido mental toda la información que se relacionaba con el tema. Finalmente me lancé al mundo de lo desconocido y lo nuevo: le respondí…
-Mirá, la comunión es un sacramento de la religión católica- le dije suponiendo que ella entendería algo?.
-¿Qué es un sacramento mamá, y que es religión católica?- me dijo frustrada. –No entiendo nada.- agregó con tristeza en sus ojos. Y tenía razón. ¿Qué le estaba diciendo? Mi hija no tenía veinte años, apenas cursaba sus seis añitos. Con esas pocas palabras entendí que me tocaba ser madre sin manual. Pensé unos instantes mientras ella me miraba con sus ojitos marrones y brillosos.
-Bueno, viste que hace mucho mucho tiempo atrás se creó el mundo. Cuando lo crearon, también se creó todo lo que existe en él- le conté tipo cuentito.
-Si mamá-
-Bueno, la poca gente que estuvo después se fue muriendo. Entonces, pensá: ¿cómo le contaban a los demás lo que había pasado?- le pregunté para ver si me seguía.
-Aha, claro…-me dijo esperando.
-Bueno, entonces se empezaron a escribir historias sobre la creación del mundo. Pero no hay una SOLA historia…hay varias…por eso no todos creen en lo mismo.- y ahí sentí la misma sensación que cuando uno se sube a una montaña rusa y llega a la cima antes de caer al vacío. Pero era lo que quería. No podía darle una sola versión de las cosas, quería enseñarle que siempre se va a cruzar con más de un camino y que siempre va a tener que elegir.
Yo fui atea hasta los 10 años. Mis padres son ateos y ellos siempre tuvieron la intención de dejarme elegir mis creencias. El destino quiso que al mudarnos de barrio no hubiese vacante en ningún colegio laico y el único que nos aceptó fue uno de monjas, que puso como única condición de ingreso: el bautismo. Así fue que conocí a Dios recién en quinto grado.  Desde ese día  supe que el destino era sabio, porque al hacerme católica se abrió un mundo nuevo para mí. Un mundo repleto de historias fascinantes  y cuentos maravillosos que me ayudaron a combatir muchos miedos y me ofrecieron respuestas a grandes vacios de mi interior. Lo que pasó después sobre mi desvinculación con la iglesia católica es otra historia… pero la fé siguió intacta. Eso fue, sin duda alguna, obra del destino.
-Entonces, algunos dicen que Dios creo el mundo y todo lo que vive en él: los animales, las plantas, los hombres…la naturaleza- le dije esperando su reacción.
-Aha…-dijo pensativa.
-Otros, dicen que el hombre viene del mono…-y esperé a ver su reacción.
-¿¿¿¿¿¿¿Del mono????????!!!!!!!!!!!!!!!!!!!- preguntó sorprendida. Y empezó a reírse con una cara extraña.
-Si, hay una historia que habla de eso.-
-Ay que feo. ¿Del mono del zoológico mamá?- dijo para ubicarse un poco.
-Si. De un mono más grande que los del zoológico. Pero si, creen que del mono fuimos cada vez siendo más inteligentes y más lindos, hasta convertirnos en  hombres…- agregué rogando que no me preguntara mucho más. Ella pensó unos instantes y realmente no sé si fué por decisión o por la impresión que le causó el solo imaginar que sus orígenes fueran estos simpáticos animales, en ese momento dijo:
-Yo creo en Dios mamá.- y ahí supe que, por la razón que fuera, ella había elegido un camino.
-¿En serio?- le pregunté.
-Si.- me contestó casi sin dudar.- entonces, ¿¿qué es la comunión???- 
Sin dudas cuando un niño quiere algo, hay que dárselo. De un modo u otro, como se pueda, nunca olvidando lo que uno quiere enseñarle, pero dárselo.
-Bueno,- seguí a ciegas…- la comunión es como el bautismo o el casamiento. Son rituales, celebraciones de la iglesia.-
-¿La iglesia? ¿Dónde se casó tu amiga????- me pregunto ingenuamente recordando el único casamiento por iglesia al que había asistido.
-Si, justamente ahí. Bueno, la iglesia vendría a ser la casa de Dios.- y ahí tuve que parar y buscar un GPS interior que me ayudara con tanta información.
-¿La casa de Dios?- me dijo con ojitos medio cerrados.- Pero si Dios no vive ahí mamá.-
-Claro, Dios no esta acá físicamente, pero las iglesias son los lugares donde se va a rezarle o agradecerle, por eso se le dice que es su casa, pero Dios está en todas partes.-
-¿Cómo en todas partes?…- y agregó  –entonces, ¿nadie lo conoce…?-pidió más.
-Bueno, no. Nadie lo conoce. Es como una fuerza creadora, alguien my muy poderoso que nos protege desde el cielo.-
-Pero mami, ¿cómo puedo hacer  para conocerlo?- me preguntó un poco angustiada.
-No lo podemos conocer. Uno cree en Dios o no cree. Uno ELIGE lo que quiere hacer.- Internamente sentí lo duro que era explicarle algo tan abstracto.
- Mirá, para que lo entiendas, el bautismo o la comunión son como fiestas que se hacen en la iglesia para sentirse más cerca de Dios. Vos estas bautizada, ¿te acordás?- le pregunté para ver si me seguía de alguna manera.
El bautismo era lo único que habíamos considerado cuando nació. Fue algo de común acuerdo sin mucho análisis. Fué más bien, un acto casi reflejo de nuestra infancia, pero a conciencia.
-Quiero ver fotos mamá.-me dijo. Y ahí nomás, nos pusimos a ver fotos de su bautismo.
-¿Y qué es el bautismo?- me preguntó con mucha curiosidad.
-Significa que pasas a ser hija de Dios.-, le contesté casi repitiendo una voz que me hablaba desde adentro.
-¿¿¿Ah!!! ¿Soy hija de Dios?- asombrada  repitió.
-Si, eso es el bautismo. Pasar a ser parte de la familia de Dios-.
-Que bueno…- dijo. Y  a los 10 minutos ya estaba en otro tema. Mirando la tele y pidiendo algo de comer…
En fin, pensé, pasó. 
De eso se trata ser madre. De dar respuestas, como se pueda. De dar confianza, ante todo. De hablar desde el corazón y tratar de ser parte de cada momento…
No sé si fue lo mejor que pude decirle, pero al menos fué sincero y me animé. Ella me acompañó.
Y esto, recién empieza...