El otro día miraba un programa de televisión sobre la mujer que hablaba del embarazo y se llamaba: ”9 meses y algo más”.- Que título acertado -pensé.- Sobre todo por lo de: “algo más”...-.
Lo interesante del caso era que explicaba muy bien, como a la mujer le toca asumir la maternidad casi como un mandato socialmente impuesto, por el simple y tan mágico hecho de ser Mujer.
Mujer = Maternidad.
¡Pavada de ecuación!
Toda la temática giraba alrededor de aquellas mujeres que, asumiendo su género, no eligen desarrollar su rol maternal, y gozan su femeneidad teniendo una vida feliz y completa, más allá de la procreación.
Realmente me sentí identificada. No por el sentimiento, sino más bien por la sensación de pertenecer a un segmento diferenciado del resto. El de ser madre de un solo hijo o de “hijos únicos”, como suelen llamarlos.
Mi situación podría encuadrarse dentro de esas madres que, después de atravesar la maravillosa experiencia de la maternidad, deciden tener un solo hijo con convicción y decisión.
Convengamos que no es muy común toparse con madres que tiran la toalla después del primer round, pero de vez en cuando te cruzas con alguna que te hace compañía.
Si bien la gran mayoría de las mujeres se aventuran a formar familias de dos o más hijos, también existen las que, por las razones que sean, desistimos y nos encauzamos en el hecho fortuito de convertirnos en madres de un solo hijo.
Si bien es algo normal - PORQUE LO ES-, pareciera que a muchos les molestara la idea de que una mujer no cumpla con “otro” mandato socialmente instalado.
A veces, intencionalmente o no, la gente te hace sentir que la decisión de no darle hermanos al “pobre hijo único”, se convierte casi en un acto de puro egoísmo y comodidad absoluta.
Todo esto lo he sentido...
Si al menos de vez en cuando pudiéramos ponernos en el lugar del otro, entenderíamos que todos somos incomparables y que juzgarnos resulta absurdo.
Pero frecuentemente, el otro ni se imagina que a veces resolver ser madre de un solo hijo (aun pudiendo tenerlos) resulta tan o más difícil como decidir ser madre por primera vez. Y aclaro esto, porque he padecido casi como propio, el sufrimiento de mujeres que, aún pudiendo dar todo lo que tienen a su alcance por ser madres, no logran concebir hijos.
Cuando una es apenas una adolescente, sueña con casarse y tener hijos. Espera el príncipe azul y el amor de su vida. Fantasea con el vestido de novia, la fiesta y la iglesia...
Bueno, ese no fue precisamente mi caso. Siempre me alejé de lo convencional. Vaya a saber uno por que...
Cuando llegó la adolescencia, no me imaginaba ni casada, ni con hijos, ni con vestido de novia y mucho menos con una ceremonia religiosa. Pero sí creía firmemente en el amor. En esa sensación de vivir y verse reflejada en los ojos del otro. Seguía esperando el amor eterno y la felicidad completa. Ya en camino a ser una mujer adulta -o al menos, intentar serlo-, empecé mi vida amorosa con rumbos al incierto futuro, sin saber de que se trataba ninguna de las dos cosas.
Pero causalmente, la vida te va llevando, encaminando, mareando, golpeando, volteando, levantando y ordenando. Y repentinamente el amor te llega, te impregna, te abraza fuerte y te anima a todo lo demás.
Y de pronto, así como un día llueve, un día también la maternidad se despertó en mí.
Finalmente, me vi siendo mamá. Literalmente tuve un sueño en el que estaba de espaldas al mar con una nena en brazos y al mirar su carita, era yo de bebé. Lo anecdótico de todo esto fue que, al convertirme en mamá y ver el rostro de mi hija, recordé que era igual a la nena de aquel sueño.
Mucho tiempo después y varios años de terapia mediante, me ayudaron a descifrar que ese sueño que sentí tan real, efectivamente fue una señal.
Por eso creo que la maternidad definitivamente se trata de 9 meses y algo más, pero en una persona como yo, la maternidad significó 9 meses y...un Mundo Nuevo.
Fue renacer con mi hija. El día que nos conocimos, me encontré siendo otra y supe profundamente, que nada volvería a ser igual. El ser su mamá me había atravesado al medio como un rayo. Me había reinventado.
Obviamente, nada resultó ser como lo había imaginado ni leído en las revistas. Todo fue nuevo y vertiginoso, pero a la vez, gratificante, emotivo y sumamente profundo.
Súbitamente comprendí de que se trataba la vida y todo se me puso de cabeza.
Ser madre me enseñó sobre el verdadero significado de las palabras: resignación, dedicación, sacrificio y amor. Hallé una vida de entrega al otro, más allá de mi misma y me rendí ante una misión amorosa y placentera para toda la vida.
Comencé a transitar el amor maternal como un viaje increíble y desgarrador, y esa frase “Amar sin recibir nada a cambio”, caló un enorme efecto en mí. Ser madre me representó un acto de amor pleno, sin ningún tipo de cuestionamientos.
Y así, llegó a mi vida ese amor en estado puro con el que siempre soñaba cuando era chica. Esa inmensa sensación de estar completa, finalmente. De tenerlo todo...
Mi deseo de maternidad quedó pleno y allí me detuve a disfrutar el estado de felicidad que tanto había anhelado.
Claro que no fue fácil. Me costó discernir y romper con ese mandato social que sonaba todo el tiempo en mi cabeza. Fue muy confuso el sentimiento durante un tiempo, pero después logré separar las emociones de los pensamientos y poco a poco, pude evaporar el conflicto.
Lo más duro vino después con la mirada de los otros. Es raro decirlo, pero fue así.
A veces uno toma una decisión con mucho esfuerzo y reflexión, pero cuando abre la puerta de su casa, le toca lo más complejo. Socialmente no estamos preparados para escuchar convicciones fuertes y menos aún, si se corren del camino por el que se mueve la mayoría. Pareciera que algo en nosotras funcionara mal.
Al principio las personas no se animan a profundizar demasiado en el tema por temor a que haya algún problema de fertilidad, pero cuando entienden que es una elección, se animan a opinar abiertamente sobre lo negativo y nocivo que es ser un hijo único. Hablan sobre el hecho de dejarlo “solo en la vida” cuando nos toque la vejez y aseguran que será un reproche de por vida. !? (¿No será mucho?)
Debo admitir que tantas versiones sobre lo mismo me preocuparon bastante. Las culpas -más ajenas que propias- y los variados cuestionamientos internos, lograron angustiarme. Pero en definitiva supe y sentí profundamente, que nada de malo tenía tomar una decisión en mi vida, porque la mía era una decisión basada en el amor. Ni en el egoísmo ni en la comodidad. Se trataba de una decisión más, como tantas otras que tomamos todos los días.
¿Por qué era tan malo lo que había decidido? ¿Estaba haciendo algo mal?
Obviamente deduje que no. Lamentablemente, los seres humanos hablamos, opinamos, encasillamos y rotulamos. Y la verdad es que somos así...
Yo tengo una hermana a la que amo profundamente, por lo tanto sé lo que representa el vínculo de sangre, la unión, la compañía y el sentido de familia que brindan. Sin embargo, ser fiel a lo que siento esta por sobre todas las cosas, porque de eso se trata la vida para mí. Y honestamente quiero poder trasmitírselo a mi hija en actos y palabras a lo largo de su vida.
Si algún día me cuestiona esta decisión, me sentaré a explicárselo sin vueltas ni dudas. Segura, clara y sincera desde el amor que nos une.
Le contaré que ella llegó a mi vida para hacerme inmensamente dichosa y que yo, no necesité nada más. Que me convirtió en su mamá para siempre y que eso me hizo muy feliz.
Completa y plenamente feliz... y no lo cambiaría por nada de este mundo.
Porque finalmente, seamos Mujeres o Madres, lo que cuenta en este viaje tan maravilloso, es poder transitar la vida siendo fiel a UNA MISMA.